En Venezuela estamos acostumbrados a que las mujeres resuelven todo. La logística de un hogar, un emprendimiento de la nada. Pero cuando llegamos a la pantalla, algo pasa.
Samsung acaba de soltar unos datos que me dejaron pensando: en el liceo la cosa va pareja, pero al llegar a la universidad, las chamas desaparecen del mapa tecnológico. ¿Qué nos está pasando en el camino?
No es falta de capacidad, es un problema de “software mental” cultural. Mientras en la secundaria las chamas se lanzan a resolver problemas comunitarios con la misma intensidad que los chamos, al momento de elegir carrera, el sistema les hace un ghosting profesional.
El informe de Samsung muestra que en programas iniciales hay un 52% de participación femenina, pero en formación avanzada la cifra cae al 20%. El talento está, lo que falta es el puente.
En este lado del mundo, donde nos toca “hackear” la vida a diario para que las cosas funcionen, que una chama aprenda IA, Big Data o Internet de las Cosas no es un lujo académico; es darle herramientas para que dejen de ser usuarias de la crisis y pasen a ser las arquitectas de la solución.

He visto equipos de chamas en el Solve for Tomorrow de Samsung ganar competencias regionales planteando soluciones para su comunidad que a ningún tipo se le habrían ocurrido. ¿Por qué? Porque la mirada es distinta. La tecnología sin diversidad es como un café sin azúcar: funcional, pero amarga y difícil de pasar.
El reto en Venezuela es doble
Aquí la brecha no es solo de género, es de infraestructura. Pero si a una niña que ya sabe lo que es lidiar con un internet que va y viene le das formación sólida, no te va a programar una app cualquiera; te va a levantar una plataforma blindada contra el caos.
Si a tu sobrina, hija o hermana le da curiosidad cómo funciona una app y tú le sales con que “estudie algo más social”, el problema no es la tecnología, eres tú. El futuro de este país va a ser digital o no será, y honestamente, no nos podemos dar el lujo de dejar a las mujeres fuera del cuarto de máquinas.


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