En mis tiempos, si tenías una duda existencial o no entendías la tarea de matemáticas, le preguntabas a tu mamá (que te decía “búscalo en el Diccionario Larousse”) o esperabas al día siguiente para ver al amiguito que sí sabía. Hoy, el “amiguito” está en el celular, no duerme, tiene todas las respuestas y, lo más loco de todo: siempre te da la razón.
Hablemos claro: la Inteligencia Artificial ya no es una novedad de oficina. Según datos recientes de ESET, más del 60% de los chamos ya usan chatbots como ChatGPT. Y aunque nos resuelve la vida con un resumen o una idea para un dibujo, hay una línea muy delgada entre usar la IA como herramienta y verla como un pana.
El riesgo de la “amistad” programada
El problema no es que el chamo haga la tarea más rápido (que bueno, también tiene su debate sobre el esfuerzo), sino el vínculo emocional. Estos bots están programados para ser serviles y agradables. Imagínate a un preadolescente que está pasando por un mal día en el colegio y encuentra en el chat a alguien que nunca lo juzga, que siempre le da la razón y que está disponible 24/7.
Ese es un terreno resbaloso. Puede terminar prefiriendo hablar con la máquina que salir a jugar básquet o echar broma con los primos, alimentando un aislamiento social que después nos va a costar remontar.
Lo que no estamos viendo (y deberíamos)
A veces pecamos de pensar que “ellos nacieron con el chip”, pero hay tres cosas que se nos están escapando:
- La “verdad” relativa: Los chatbots alucinan. Suenan súper seguros de sí mismos pero pueden soltar una mentira del tamaño del Ávila. Un chamo puede tomar un consejo médico o un dato histórico falso como una verdad absoluta solo porque salió en la pantalla.
- Privacidad en juego: Todo lo que le cuentan al bot —desde sus miedos hasta datos de la familia— se queda guardado en algún servidor. Es como si escribieran un diario íntimo que le pertenece a una empresa.
- Contenido “sin filtro”: Por más que las empresas pongan candados, siempre hay un truco (el famoso jailbreak) para saltarse las reglas. Un niño curioso puede terminar leyendo cosas que no debería simplemente por saber preguntar “bien”.
¿Cómo saber si la cosa se fue de las manos?
No se trata de ser el policía del internet, pero hay señales que aquí en Venezuela conocemos bien como “andar en algo raro”: si se pone nervioso cuando no tiene señal, si te repite cuentos raros como si fueran noticias confirmadas, o si notas que prefiere mil veces el teclado que la cena en familia.
La tecnología corre, pero la crianza no puede ir en muletas. No podemos dejarle toda la responsabilidad a un control parental. Al final del día, la mejor “barrera de contención” es que el chamo sepa que, por más inteligente que sea el bot, sigue siendo un código. Una máquina no tiene corazón, ni criterio, ni te va a dar un abrazo cuando las cosas se pongan feas.

